Negar lo que hizo la dictadura y el rol de los medios hegemónicos es parte del negocio
La discusión sobre el rol de los medios de comunicación durante la última dictadura cívico-militar vuelve una y otra vez, no porque falte información, sino porque sobra interés en tergiversarla. Cada vez que aparece la pregunta sobre cómo operaron Clarín, La Nación y otros grupos mediáticos entre 1976 y 1983, la respuesta de ciertos sectores se repite como un reflejo: “No me consta”, “No fue así”, “No hay pruebas”. Pero las pruebas están. La historia está. Los documentos también.
Lo que no está es la voluntad de reconocerlos.
La negación no surge del desconocimiento: surge de la conveniencia. Aceptar el rol de los grandes medios en esos años implicaría revisar privilegios, admitir complicidades y poner en cuestión estructuras de poder que, con retoques y maquillaje, siguen vigentes. Implicaría reconocer que la construcción del “sentido común” dominante no fue neutral, ni espontánea, ni inocente: fue parte de un engranaje político y económico que se benefició de un país disciplinado a fuerza de terror.
Mientras algunos intentan reducir el debate a una cuestión de “opiniones”, la historia es clara. Los diarios más influyentes de la Argentina no solo acompañaron el relato oficial de la dictadura: lo legitimaron, lo justificaron y lo difundieron. Silenciaron desapariciones, maquillaron el terrorismo de Estado y repitieron sin cuestionar la versión del poder militar. Esa responsabilidad no se borra con negaciones tardías.
El problema no es el pasado: es el presente. Negar hoy lo que hicieron la dictadura y los medios hegemónicos no es un error de interpretación. Es un negocio político. Es la estrategia de quienes necesitan desarmar el consenso democrático básico para imponer un nuevo orden donde la memoria estorba y donde la verdad incomoda. Para ellos, reconocer la historia sería perder una herramienta.
Por eso insisten.
Por eso niegan.
Porque en esa negación se juegan poder, influencia, aliados y negocios.
La democracia se fortalece cuando se debate, pero también cuando se recuerda. Y la memoria, frente a los negadores profesionales, sigue siendo un acto de defensa colectiva. No para ganar una discusión: para impedir que otros ganen impunidad.