Con patrulleros frente a la Jefatura y sin diálogo efectivo, la crisis expone una gestión que prometió orden y hoy navega en la improvisación.
La postal es contundente: móviles policiales apostados frente a una dependencia oficial, sirenas que reemplazan a las respuestas y familiares reclamando durante horas sin que aparezca una salida concreta. No se trata solo de un conflicto sectorial; es la imagen de un gobierno que pierde el control del escenario que prometió dominar.
Maximiliano Pullaro construyó su identidad política sobre la bandera de la seguridad. Hizo del orden, la firmeza y la conducción un eje discursivo central. Sin embargo, cuando la tensión escala en el corazón mismo de la estructura policial, la narrativa oficial empieza a resquebrajarse. Si el objetivo es tener a la fuerza “en la calle cumpliendo sus tareas”, como repiten desde el Ejecutivo, la pregunta es inevitable: ¿cómo se llegó a este punto sin previsión ni canales de contención eficaces?
El problema no es solo el reclamo en sí, sino la falta de reflejos políticos para encauzarlo. Una gestión sólida no espera que el conflicto se instale frente a una jefatura para recién entonces ensayar gestos de diálogo. Gobernar es anticipar, ordenar y resolver antes de que el malestar se convierta en crisis pública.
La ausencia de un acuerdo, incluso después de horas de tensión, deja expuesta una conducción errática. En lugar de transmitir firmeza institucional, la escena proyecta improvisación. Y cuando la seguridad es el eje central del contrato electoral, cualquier señal de desorden impacta doble.
Pullaro enfrenta así una paradoja incómoda: cuanto más insiste en su discurso de control y autoridad, más evidentes se vuelven las fisuras cuando el conflicto lo desborda. La política no se sostiene solo con declaraciones; requiere gestión eficaz, diálogo real y capacidad de cerrar conflictos.
Si la administración provincial no logra reconducir rápidamente la situación, la crisis dejará de ser un episodio puntual para transformarse en símbolo de una gestión que prometió mano firme, pero hoy parece perder el timón.