Mientras crece la preocupación por el uso de dispositivos, el verdadero problema es más incómodo: padres que renuncian a su rol y una cultura que reemplaza vínculos por algoritmos.
Las pantallas no crían hijos. Pero cada vez más, ocupan ese lugar.
El señalamiento del psicoanalista Joseph Knobel Freud incomoda porque corre el foco: no se trata simplemente de cuánto tiempo pasan los chicos frente a un celular, sino de qué está pasando con los adultos que deberían estar del otro lado.
Hoy, niños y adolescentes crecen en un entorno donde la presencia adulta se diluye. Padres y madres están, pero no siempre sostienen una función. La escena es conocida: cada uno en su pantalla, compartiendo espacio pero no experiencia. En ese vacío, el dispositivo deja de ser herramienta y pasa a ser sustituto.
El problema no es tecnológico, es vincular.
Durante años se instaló la idea de que las nuevas generaciones estaban “más conectadas que nunca”. Sin embargo, lo que aparece es otra cosa: vínculos más frágiles, más superficiales y, sobre todo, más solitarios. La interacción digital elimina lo imprevisible del otro, reduce el conflicto y ofrece una ilusión de control. Pero también empobrece la experiencia humana.
Sin cuerpo, sin mirada, sin incomodidad, el lazo pierde espesor.
A esto se suma un fenómeno más profundo: la caída de la autoridad adulta. No en términos autoritarios, sino en su dimensión simbólica. Cada vez cuesta más poner límites, sostener decisiones incómodas o transmitir valores sin negociar todo. En muchos casos, los adultos parecen más preocupados por agradar que por orientar.
La consecuencia no es libertad, sino desorientación.
En este contexto, la infancia también cambia. Se juega menos, se consume más. El aburrimiento —ese espacio fértil donde nace la imaginación— es rápidamente tapado por estímulos constantes. No hay tiempo para inventar, porque siempre hay algo para mirar.
Y donde no hay juego, hay pérdida.
La adolescencia, por su parte, se vuelve cada vez más expuesta. La construcción de identidad, que antes encontraba refugio en espacios más íntimos, hoy se despliega en redes donde todo se mide: el cuerpo, la imagen, la aceptación. La validación ya no viene de vínculos cercanos, sino de métricas impersonales.
Más visibilidad, pero también más fragilidad.
La pandemia no hizo más que acelerar este proceso. Lo virtual pasó de ser complemento a convertirse en escenario principal. Muchos adolescentes quedaron atrapados en ese modo de relación, con dificultades para volver a lo presencial, a lo real, a lo que no se puede pausar ni editar.
Pero insistir en demonizar las pantallas es quedarse en la superficie. El punto ciego sigue siendo otro: una cultura que delega la crianza, que evita el conflicto y que, en muchos casos, prefiere el silencio cómodo de un chico entretenido antes que el desafío de acompañarlo.
Criar implica incomodar. Implica estar. Implica sostener un lugar que no siempre es agradable.
Cuando eso falta, alguien —o algo— ocupa ese espacio.
Y hoy, ese lugar lo están ocupando las pantallas.