La orden fue destruir: el desalojo que mostró la peor cara del poder

En Las Chapitas y San Cayetano el Estado volvió a elegir el camino fácil: topadoras, postes arrancados y viviendas reducidas a chatarra. Hablan de “operativo”, pero fue una demostración cruda de cómo se gobierna cuando la pobreza molesta más que duele.

Por Daniel Baldomir

Otra vez lo mismo. Otra postal repetida de un país que parece no cansarse de golpear siempre a los mismos. En los barrios Las Chapitas y San Cayetano, un operativo conjunto —municipio, fuerzas de seguridad, Defensa Civil— se encargó de ejecutar lo que en los papeles suena técnico y ordenado: “derribo de construcción precaria”, “retiro de alambres”, “apertura de calle”.

Pero en la calle —esa calle que los funcionarios pisan solo para la foto— la historia fue otra: familias mirando cómo sus chapas volaban, cómo los postes caían, cómo ese pedazo de refugio construido con uñas y pulmones quedaba reducido a escombros.

Las autoridades se llenan la boca con palabras como “ordenamiento”, “prevención”, “regularización”. Sin embargo, lo que ocurrió fue simple: destrucción. Y lo peor es que la ejecutan como si nada. Como si cada chapa no costara semanas de juntar peso por peso. Como si cada alambre no fuera el límite mínimo entre sentirse adentro de un hogar o arrojado al borde de la ciudad.

¿De verdad no entienden lo que valen esos materiales para quienes no tienen nada?
¿De verdad piensan que un hogar se mide por su calidad constructiva y no por el dolor que deja perderlo?

En cada crisis —social, económica, la que quieras— el Estado argentino repite el mismo libreto: es más fácil derribar que resolver. Más simple mandar patrulleros que trabajadores sociales. Más cómodo destruir que acompañar.

Porque sí, se puede desalojar sin arrasar, se puede intervenir sin convertir la pobreza en un enemigo interno al que hay que disciplinar. Pero eso implicaría algo que los gobiernos rara vez se animan a hacer: mirar a los ojos a quienes viven al límite y entender que lo que está en juego no son “construcciones precarias”, sino vidas precarias que pelean por no romperse.

El mensaje fue claro:
cuando la política no sabe qué hacer, manda a romper.

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