Adorni, las jubiladas y el festival inmobiliario: la estafa que ya es marca registrada del Gobierno Milei

Hipotecas truchas, prestanombres reciclados y una escribana que entra y sale de Casa Rosada como si fuera su casa. El jefe de Gabinete no solo no puede explicar su fortuna repentina: es la radiografía perfecta de un gobierno que predica austeridad mientras se reparte privilegios obscenos.

Por Daniel Baldomir

El caso Adorni dejó de ser un “escándalo aislado” para convertirse en una ventana abierta al verdadero ADN del gobierno de Javier Milei. Lo que aparece con nitidez es un poder que habla de “casta”, pero opera con mañas viejas, trampas privadas y una red de favores que huele más a inmobiliaria trucha que a proyecto político.

Porque lo de Manuel Adorni no es un desliz: es un modus operandi.
Cuando compró el departamento de Miró al 500, ya estaba claro que había recurrido a dos jubiladas como prestamistas, en una movida que ningún banco serio avalaría y que cualquier vecino reconocería como “préstamo raro”, “hipoteca sospechosa” o directamente opereta para lavar el origen del dinero.

Pero ahora sabemos que no era la primera vez.
Antes de ese negocio, Adorni ya había hecho exactamente lo mismo con otro departamento, en Asamblea al 1100: dos jubiladas, 100 mil dólares, la misma escribana —Adriana Nechevenko— y un esquema tan poco creíble que roza el grotesco.

La escribana, casualmente, visitó siete veces al jefe de Gabinete en Casa Rosada entre 2024 y 2025. ¿Para qué? ¿A qué iba? ¿A tomar mate?
Hoy su nombre está en el expediente del fiscal Pollicita, junto a Hugo Morales, un exfutbolista que aparece como eslabón suelto en una cadena donde los números no cierran por ningún lado.

Todo indica que Adorni no pidió un préstamo bancario —ni al Nación, que Milei maneja como si fuera su fondo personal— porque un banco le habría pedido lo que él no puede mostrar: ingresos reales, capacidad de pago y trazabilidad del dinero.
Las jubiladas, en cambio, no preguntan. Firman. O alguien firma por ellas.

La trama es tan burda que expone algo más profundo: este gobierno, que se vende como “la revolución moral contra la casta”, está lleno de funcionarios que compran propiedades como si llovieran, viajan como millonarios, viven como ricos súbitos y jamás explican de dónde sale la plata.

Adorni es la caricatura perfecta: el vocero que sermonea sobre sacrificio mientras compra departamentos con hipotecas inventadas y pasea por el mundo con su familia a precios que cualquier laburante apenas podría pagar en diez años.

Es el rostro prolijo de un gobierno que esconde, detrás de la motosierra, un manual completo de privilegios, impunidad y negocios privados.
Un gobierno que grita contra los ñoquis mientras sus funcionarios orbitan entre viajes VIP, escribanas amigas y operaciones inmobiliarias que huelen a estafa desde la primera hoja del expediente.

No es que Adorni sea una excepción.
Es que Adorni es la regla.

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