A 44 años del inicio del conflicto, la Guerra de Malvinas sigue envuelta en un relato épico que oculta lo esencial: fue una decisión desesperada de una dictadura en retirada, ejecutada sin estrategia y sostenida sobre el sacrificio de miles de jóvenes enviados a un combate imposible. Hoy, cuando ciertos discursos reivindican a la Junta y relativizan su responsabilidad, es indispensable volver a mirar el episodio con honestidad cruda y sin eufemismos.
Por Daniel Baldomir
La Guerra de Malvinas no fue un grito soberano ni una epopeya libertadora. Fue, ante todo, una jugada política de un régimen quebrado, una maniobra de supervivencia ejecutada por una dictadura que ya no tenía legitimidad, que enfrentaba protestas crecientes y que necesitaba un golpe de efecto para retener un poder que se le escapaba entre los dedos. Galtieri decidió una guerra no porque creyera que podía ganarla, sino porque necesitaba mostrar fuerza donde solo quedaba debilidad.
Durante un instante, la maniobra funcionó. Miles de argentinos se concentraron en Plaza de Mayo para apoyarla, embriagados por el sueño de una causa legítima que era usada de manera ilegítima. Y ahí surge la pregunta que todavía resuena: ¿qué hubiera pasado si en lugar de ovacionar a Galtieri, la sociedad lo hubiera cuestionado? ¿Cuánto dolor podría haberse evitado?
La improvisación se convirtió en tragedia. De los 10.000 soldados desplegados, apenas 3.000 eran profesionales. El resto eran jóvenes de 18 años, sin instrucción adecuada, sin abrigo, sin comida, sin logística, enviados a enfrentar a uno de los ejércitos más preparados del mundo. Mientras los paracaidistas británicos llegaban equipados con tecnología de punta, muchos conscriptos argentinos sobrevivían a base de mendigar comida entre ellos, resistir castigos absurdos y soportar noches enteras enterrados en pozos inundados.
La brutal desigualdad no fue heroica: fue criminal. Y no lo dicen los analistas argentinos: lo reconocen los propios oficiales británicos, que aseguraron que sus soldados jamás hubieran aceptado combatir en las condiciones de desnutrición y congelamiento en que encontraron a los jóvenes argentinos.
La dictadura, que decía defender la patria, fue indiferente al sufrimiento de sus propios soldados. La misma cúpula militar que desapareció miles de personas y entregó el aparato productivo bajo el programa de Martínez de Hoz, mandó adolescentes al frente sin equipamiento básico. La indiferencia fue ideológica, estructural y sostenida: los soldados eran descartables dentro de un plan que priorizaba la propaganda interna por sobre la supervivencia humana.
En términos geopolíticos, la decisión fue una de las más dañinas de la historia argentina. Antes de 1982, la relación con los habitantes de las islas —los kelpers— transitaba un proceso gradual de integración. El Reino Unido prácticamente desatendía el archipiélago: ni ciudadanía plena, ni infraestructura, ni interés estratégico. La Argentina había construido la pista aérea, instalado servicios, enviado maestras y desarrollado un vínculo comercial sostenido. Incluso existían borradores avanzados de acuerdos diplomáticos para una salida negociada.
Todo eso quedó arrasado.
Después de la guerra, el Reino Unido militarizó Malvinas, instaló en Mount Pleasant una base que hoy constituye un enclave estratégico de la OTAN en el Atlántico Sur y congeló cualquier posibilidad de diálogo real por décadas. Lo que había sido un conflicto diplomático complejo, pero manejable, se transformó en un frente geopolítico blindado.
La dictadura no solo perdió la guerra: hipotecó el futuro de la causa Malvinas, que sigue siendo una causa justa, pero contaminada por la irresponsabilidad criminal con la que fue utilizada.
Hoy, cuando en algunos sectores reaparecen discursos que minimizan los crímenes de la Junta, reivindican sus políticas económicas o repiten su narrativa militarista, es necesario recordar el costo de la ceguera social. La guerra no se volvió patriótica por envolverla en una bandera. Tampoco lo fue el sacrificio obligado de los pibes, convertidos en soldados de una causa que no eligieron y que fue ejecutada por quienes jamás les tuvieron respeto.
La memoria no puede descansar sobre mitos. Para honrar a los veteranos, para recuperar la soberanía desde la diplomacia y para no repetir errores, es imprescindible un ejercicio de verdad:
- Malvinas fue una guerra innecesaria.
- Fue una decisión cruel.
- Fue una operación política de una dictadura desesperada.
- Y fue un desastre geopolítico que aún pagamos.
Desromantizar no es deshonrar. Es lo contrario: es reconocer la dimensión real del daño para que nunca más el país quede atrapado entre el autoritarismo, la improvisación y la mentira. Malvinas exige memoria, pero una memoria sin anestesia. Porque solo con verdad es posible recuperar dignidad.