La CGT duda mientras avanza la motosierra: cumbre de urgencia, pero sin decisión política

Mientras el Gobierno profundiza una reforma laboral regresiva y despliega un modelo de ajuste brutal, la conducción de la CGT vuelve a refugiarse en reuniones y gestos tibios, sin asumir un rol opositor claro frente a una administración que avanza con rasgos cada vez más autoritarios y antisociales.

La CGT convocó para este viernes una reunión “recargada” de su Consejo Directivo en medio del tratamiento de la reforma laboral en el Senado. Sin embargo, lejos de marcar un quiebre político, la central obrera vuelve a moverse entre la indefinición y el cálculo, atrapada en una estrategia de diálogo que ya mostró sus límites frente a un gobierno decidido a arrasar con derechos históricos.

En los días previos a la cumbre, la conducción cegetista intentó reactivar contactos con gobernadores para frenar el acompañamiento legislativo a la reforma. Pero los encuentros previstos con Martín Llaryora, de Córdoba, y Maximiliano Pullaro, de Santa Fe, se cayeron entre excusas de agenda y desmentidas cruzadas. Un síntoma más de la pérdida de peso político de un sindicalismo que insiste en negociar cuando el poder ya no escucha.

La reunión del viernes, que se realizará en la sede de Azopardo, llega así atravesada por una interna conocida. El sector mayoritario de la CGT, cómodo en su rol institucional, sigue apostando a “incidir” sobre el proyecto y atenuar daños, como si aún se tratara de un gobierno dispuesto al consenso. Del otro lado, el ala más combativa reclama abandonar la pasividad y avanzar con un verdadero plan de lucha.

La discusión, sin embargo, va más allá de las tácticas. Lo que está en juego es si la CGT está dispuesta a asumirse como un actor opositor frente a un gobierno que no solo impulsa una reforma laboral regresiva, sino que gobierna con desprecio por la protesta social, criminaliza la organización popular y administra el ajuste con una crueldad explícita sobre los sectores más vulnerables.

Las marchas convocadas en Córdoba y Rosario junto a sindicatos de las CTA muestran que hay una parte del movimiento obrero que ya entendió el momento político. La pregunta es si la CGT seguirá aferrada a una moderación estéril o si finalmente asumirá que, frente a un proyecto de rasgos fascistas, no alcanza con declaraciones ni cumbres de urgencia: hace falta conflicto, calle y una oposición real.

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