Hay momentos en la historia en los que un gobierno deja de administrar la realidad y empieza a construir un relato para negar lo que millones de personas viven todos los días.
Por Daniel Baldomir
Anoche, Javier Milei habló por cadena nacional. Habló de reglas fiscales, de prohibir la emisión, de blindar un modelo económico. Pero no habló del comerciante que vende menos, del trabajador que perdió poder adquisitivo, del jubilado que elige entre comprar medicamentos o comida, ni de las pequeñas empresas que luchan por seguir abiertas.
Cuando un gobierno cree que la economía son solamente números, corre el riesgo de olvidar que detrás de cada estadística hay personas.
Los defensores del modelo sostienen que la estabilidad macroeconómica es la base para el crecimiento. Sus críticos responden que esa estabilidad pierde sentido si no se traduce en más producción, más empleo y una mejor calidad de vida. Ese es el debate de fondo.
La pregunta que debemos hacernos es otra: ¿qué pasa cuando toda la política económica gira alrededor del ajuste? ¿Qué pasa cuando el Estado renuncia a herramientas que, bien o mal utilizadas, han servido para enfrentar crisis extraordinarias? ¿Qué pasa cuando se presenta como una verdad absoluta una única visión de la economía?
Una democracia fuerte necesita discusión, necesita controles y necesita instituciones independientes. No necesita que el pensamiento económico se transforme en un dogma.
Nadie tiene el monopolio de la verdad. Pero tampoco nadie puede pedirle a la sociedad que ignore lo que ve en la calle.
El verdadero éxito de un modelo económico no se mide únicamente por las cuentas públicas. Se mide por la capacidad de generar trabajo, de fortalecer la producción nacional, de dar oportunidades a los jóvenes y de permitir que los jubilados vivan con dignidad.
La Argentina ya atravesó demasiadas experiencias en las que se prometió que el sacrificio de hoy traería la prosperidad de mañana. La historia demuestra que ninguna política económica puede sostenerse indefinidamente si la sociedad deja de creer en ella.
Por eso, más que aplaudir o rechazar automáticamente cualquier anuncio, el desafío es exigir respuestas, controlar al poder y no resignarse a que el debate público se reduzca a consignas.
Porque la democracia no necesita ciudadanos obedientes. Necesita ciudadanos críticos.
Y esa sigue siendo, hoy más que nunca, la tarea del periodismo.