Bajo el paraguas de un acuerdo “estratégico” con Estados Unidos, el gobierno de Javier Milei avanza en la cesión silenciosa de los recursos que definirán el poder del siglo XXI
El gobierno argentino volvió a firmar. Y, como ya es costumbre, lo hizo mirando hacia el norte. En el marco de una cumbre convocada por Estados Unidos sobre minerales críticos y tierras raras, el canciller Pablo Quirno anunció un acuerdo “estratégico” que integra a la Argentina en la agenda minera de Washington. El término suena elegante, técnico, inevitable. Pero detrás del lenguaje diplomático se esconde una pregunta incómoda: ¿qué queda de la soberanía cuando los recursos clave del futuro se negocian desde la desesperación y el alineamiento automático?
Los llamados minerales críticos —litio, tierras raras, cobre, entre otros— no son commodities más. Son la base material de la transición energética, de la industria tecnológica, de la inteligencia artificial y del complejo militar-industrial. En otras palabras: son poder geopolítico puro. Y Estados Unidos lo sabe. Por eso acelera acuerdos bilaterales para asegurarse el suministro, especialmente en su disputa estratégica con China.
Argentina aparece en ese tablero no como jugador, sino como proveedor.
Alineamiento sin autonomía
El problema no es comerciar con Estados Unidos. El problema es hacerlo desde una política exterior subordinada, sin márgenes de negociación reales y con un gobierno que confunde ideología con interés nacional. El alineamiento irrestricto de Javier Milei con la Casa Blanca —y su reivindicación explícita del liderazgo estadounidense— no es pragmatismo: es doctrina.
Cuando un país renuncia a la posibilidad de incomodar a su socio, también renuncia a defender sus condiciones. Y en ese marco, los acuerdos “estratégicos” dejan de ser pactos entre pares para convertirse en instrumentos de aseguramiento de recursos para la potencia dominante.
El extractivismo del siglo XXI
La historia se repite, aunque con palabras nuevas. Ayer fue la carne, el trigo o el petróleo. Hoy son el litio y las tierras raras. El esquema es conocido: capital extranjero, extracción primaria, exportación sin valor agregado y regalías mínimas. Desarrollo para otros, migajas para el país que pone el territorio.
Lo que no se dice —y lo que el gobierno evita explicar— es quién controlará la cadena de valor, quién procesará los minerales, dónde se industrializarán y qué rol tendrá el Estado argentino en la toma de decisiones. Sin esas respuestas, hablar de “acuerdos estratégicos” es apenas un eufemismo elegante para la entrega.
Soberanía no es un acto, es un proceso
Nadie firma un acta diciendo “cedo soberanía”. La soberanía se erosiona de manera progresiva, legal, administrativamente impecable. Se diluye cuando un país no define qué hacer con sus recursos, cuando acepta condiciones por necesidad financiera, cuando el dogma del mercado reemplaza cualquier proyecto de desarrollo nacional.
La Argentina no está perdiendo hoy su soberanía de un plumazo. Pero está caminando peligrosamente en esa dirección, paso a paso, contrato a contrato, bajo el relato de la inevitabilidad y la “integración al mundo”.
El silencio como política
Mientras el gobierno celebra su inserción en la agenda estadounidense, el debate público brilla por su ausencia. No hay discusión parlamentaria profunda, no hay consulta social, no hay información clara sobre los términos reales del acuerdo. Hay anuncios, fotos, sonrisas y aplausos cruzados.
La pregunta no es antiestadounidense ni ideológica. Es profundamente política:
¿Para quién se extraen los recursos argentinos y con qué proyecto de país?
Si los minerales críticos del siglo XXI se entregan sin planificación, sin industria nacional y sin control soberano, el futuro ya no estará hipotecado: estará directamente en manos ajenas.
Y esta vez, ni siquiera hará falta invadir. Bastará con firmar.