En tiempos de crisis, el miedo paraliza y el individualismo parece una salida rápida. Pero cuando el consumo cae, los costos suben y la incertidumbre domina, la verdadera pregunta es otra: ¿puede la acción colectiva ser la herramienta que permita reconstruir el presente económico? Analizamos por qué comerciantes y trabajadores no siempre logran ver que el reclamo conjunto no es una amenaza, sino una inversión social.
La realidad económica actual golpea a todos los sectores. Inflación persistente, caída del poder adquisitivo, retracción del consumo y presión tributaria generan un escenario donde cada comercio lucha por sostener sus persianas abiertas.
Desde espacios vinculados al Centro de Empleados de Comercio, dirigentes como Fulvio Monti han planteado que la protesta no debe entenderse como una confrontación aislada, sino como una herramienta social que busca recomponer el entramado económico.
El miedo al corto plazo
El comerciante muchas veces percibe la protesta como un riesgo inmediato: un día sin ventas, una posible pérdida de clientes o un costo adicional en un contexto ya frágil. La lógica de supervivencia diaria termina imponiéndose sobre cualquier estrategia colectiva.
Sin embargo, los problemas estructurales que afectan al comercio no son individuales. Cuando el salario pierde poder de compra, el consumo se retrae. Y cuando el consumo cae, el comercio se resiente. Es un círculo que no distingue entre empleador y empleado.
La falsa dicotomía: comercio vs. trabajador
Existe una percepción errónea de que el reclamo sindical solo beneficia al trabajador. En realidad, cuando se defiende el salario, se está defendiendo el consumo. Y cuando se defiende el consumo, se está defendiendo al comercio.
No se trata de sectores enfrentados, sino de partes de un mismo ecosistema económico.
Individualismo o comunidad
En tiempos de crisis, el instinto lleva a pensar: “Si yo sigo trabajando mientras otros protestan, quizás me vaya mejor”. Pero cuando la crisis es estructural, la salida difícilmente sea individual.
La historia económica demuestra que los cambios profundos suelen lograrse cuando distintos sectores comprenden que comparten el mismo problema.
El pensamiento colectivo como inversión social
Protestar no es detener la actividad por capricho. Es visibilizar un problema que, si no se corrige, termina afectando a todos. Es asumir un costo inmediato para evitar un deterioro mayor.
La pregunta no debería ser cuánto se pierde en un día de reclamo, sino cuánto se pierde cuando el consumo no se recupera, cuando la previsibilidad no llega y cuando cada sector pelea por separado.