La crisis en el PAMI no es un accidente. Es una consecuencia.

Lo que hoy estalla con paros, médicos que abandonan el sistema y jubilados en vilo, no aparece de la nada. Es la expresión concreta de un modelo político que eligió —desde el primer día— ajustar sobre lo público, desfinanciar lo esencial y trasladar el costo del “orden” a los sectores más vulnerables.

El gobierno de Javier Milei no está improvisando: está ejecutando. Y en esa ejecución, el PAMI —la obra social más grande de la Argentina, la que sostiene la salud de millones de jubilados— se convirtió en otra variable de ajuste.

Los datos son elocuentes. Una deuda que supera los 500.000 millones de pesos con prestadores. Pagos que no llegan. Condiciones laborales cada vez más deterioradas. Y ahora, una resolución —la RESOL-2026-1107— que fija en apenas $2.100 por afiliado el ingreso de médicos de cabecera. Traducido: profesionales que pasan de cobrar 1.600.000 pesos a apenas 800.000. Un recorte brutal.

No es un “reordenamiento”, como se intenta instalar. Es un ajuste directo.

La respuesta no tardó: paro de 72 horas impulsado por médicos nucleados en APPAMIA. El mensaje es claro: “sin retribuciones dignas, no hay salud de calidad”. Y tampoco hay sistema que aguante.

Pero lo más importante —y lo más incómodo— es que para muchos esto no sorprende.

Porque el ajuste no es una falla del modelo: es el modelo.

Se prometió motosierra y se está cumpliendo. El problema es dónde está cayendo. No sobre privilegios estructurales ni sobre los grandes concentradores de riqueza, sino sobre áreas sensibles como la salud pública, donde cada recorte tiene consecuencias humanas inmediatas.

El deterioro del PAMI no es solo un conflicto gremial. Es una señal de alarma. Cuando los médicos dejan de poder sostener su trabajo, cuando los prestadores no cobran, cuando el sistema empieza a crujir, lo que está en juego no es una planilla de Excel: es la atención de millones de personas mayores.

Y ahí aparece la pregunta de fondo: ¿hay otra salida posible dentro de este esquema?

Porque si la lógica es siempre la misma —recortar, achicar, licuar— el resultado también lo será. No hay forma de sostener un sistema de salud complejo, federal y masivo con niveles de financiamiento cada vez más bajos. No cierra. Y cuando no cierra, se rompe.

Lo que está pasando en el PAMI es, en definitiva, una radiografía anticipada de hacia dónde puede ir el resto del Estado si esta política se profundiza.

Por eso, más que sorpresa, lo que hay es confirmación.

Confirmación de que cuando el ajuste se convierte en política permanente, la consecuencia inevitable es el deterioro. Y en salud, el deterioro no es abstracto: se traduce en turnos que no existen, tratamientos que se interrumpen y vidas que quedan en el medio.

El paro no es el problema. Es el síntoma.

El problema es un rumbo que, lejos de corregirse, parece decidido a avanzar, aun cuando eso implique dejar sin respuesta a quienes más necesitan del Estado.

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